A la mañana siguiente, Luciana terminó de empacar sus cosas en un par de maletas y las colocó junto a la puerta del departamento de Martina. Al alzar la vista, se encontró con la mirada triste de su amiga.
—¿Así que te vas en serio? —preguntó Martina, con un deje de melancolía.
—Sí —respondió Luciana, sonriéndole—. No puedo quedarme aquí para siempre. Tenía que buscar un lugar más definitivo.
En pocos meses, llegaría el bebé. Además, la casa de la Calle del Nopal, la que había recibido, le daría