Con la cara colorada, Juan bajó la vista, confirmando sin palabras que Luciana acertaba.
—Vaya, pues ya sabes. —Luciana se puso el bolso al hombro—. Ve con ella. Yo tengo que ir a trabajar.
—¡Luciana! —exclamó él, sosteniéndola todavía—. ¿Estás enojada?
—¿De qué serviría reconocerlo? —replicó ella, soltándose—. Si te dijera que sí, ¿acaso dejarías de ir a verla?
—Luciana… —Alejandro suspiró—. Mónica está… realmente mal.
—Sí. Lo sé. Y no te lo impido; ve a cuidarla —contestó con frialdad—. Pero m