—Ja… —ella soltó una risita seca y lo miró con seriedad—. ¿“Lo mío”? ¿Acaso no estás en el hospital por tu lesión? A estas alturas, tus gustos son los importantes. ¿Por qué no te dedicas a pensar en ti mismo, en vez de jalarme a la fuerza?
Él notó la frialdad de su respuesta, pero guardó silencio. Al final, se sentaron a la pequeña mesa. Luciana, sin mucha expresión, se dedicó a comer. Alejandro, por su parte, comenzó a pelar camarones y cortar la carne en trozos para ella, tal como solía hacerl