Luciana habló en tono contenido, pero Alejandro la notó “picante,” casi burlona. Al principio no quiso aclarar nada, pero no aguantó más sus pullas:
—Luciana, mi brazo se quemó… ¡por ti!
—¿Ah, sí? —replicó con una mueca escéptica—. ¿De veras?
—¡Sí! —insistió él, alterado, queriendo explicar—. Lo que pasó es…
—No me interesa escuchar —lo interrumpió Luciana, sin titubear—. Porque, digas lo que digas, no voy a creerlo. ¿Seguro aún quieres contarlo?
Alejandro cerró la boca con el ceño fruncido. Era