Luciana trató de pararse enfrente, pero ya era tarde. Él ya había visto el ramo que ella había traído, y en la lápida pudo leer la inscripción: “A nuestra amada madre Lucy…”
«Madre.»
—Así que… —musitó Alejandro con una risa helada, incapaz de frenar el escalofrío que le recorría todo el cuerpo—. ¿Esta es la “anciana” que, según tú, venías a ver?
Clavó la mirada en Luciana, con voz ronca:
—Llámala tía, aquí mismo, en mi cara. Dilo, “mi tía.”
Luciana cerró los ojos un instante antes de responder c