—¿Me estás invitando a cenar? —preguntó, claramente intrigada, aunque no se atrevió a preguntar directamente por qué. En su lugar, bromeó—: Pero no puedes salir. Me hice de la vista gorda cuando te escapaste para ver a tu novia, pero soy tu doctora a cargo, no puedo acompañarte en tus travesuras.
—Tanta habladuría —Alejandro apretó la mandíbula, marcando con fuerza la línea de su barbilla. Su nuez de Adán se movió mientras tragaba—. Solo di si quieres cenar o no.
—Supongo… que sí —dijo Luciana,