Por su mente pasaron fugaces recuerdos de hace mucho tiempo.
Era la época en que Alejandro, todavía muy joven, había sufrido un accidente automovilístico que lo dejó temporalmente ciego. Miguel contrató a los mejores médicos del mundo, pero ninguno podía asegurar que volvería a ver. Frente a la posibilidad de vivir para siempre en la oscuridad, Alejandro, lleno de rabia y frustración, se negaba a comunicarse con nadie que no fuera su abuelo. Desahogaba su ira en cuidadores y personal doméstico,