—¿Qué pasa? —preguntó Luciana, intrigada.
—Mi encendedor, el que uso siempre —explicó con gesto preocupado—. Lo tenía cuando salí de la empresa y… ahora no aparece.
—¿Estás seguro de que no lo dejaste en casa? —recordó Luciana que la noche anterior lo había visto en el estudio.
—No, lo usé antes de venir —respondió, frunciendo el ceño. Era evidente que sentía apego por ese encendedor—. Fue un regalo de cumpleaños de mi abuelo.
Ante esa confesión, Luciana comprendió por qué le preocupaba tanto.
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