Entendía perfectamente de qué iba todo esto. Aun así, le pidió a Amy:
—No te preocupes, hablaré con él.
—Entonces iré a la cocina a preparar lo demás —respondió Amy, aliviada.
—Gracias —contestó Luciana.
Con paso decidido, se dirigió a la puerta del estudio y llamó con suavidad.
—Está abierto —se escuchó desde el interior, con un tono áspero y cargado de enojo.
Luciana tomó aire antes de entrar. Encontró a Alejandro reclinado en su gran silla ejecutiva, con las piernas apoyadas en el escritorio