—¿Te llevo directo a la cama?
—Ajá —admitió Luciana. Ya le dolían los pies, y total, ¿qué más daba?
La depositó en el colchón y ella se desperezó, frotándose la zona lumbar.
—Lo ves, todo tu culpa…
—Sí, toda mía —contestó él con una risita socarrona, encogiéndose de hombros.
—Entonces, si no vas a echarte, ayúdame un poco. Me duele la espalda.
Si tenía que cargar con la fama de “marido a las órdenes de su mujer”, pues lo haría bien. Sin protestar, Alejandro se sentó a su lado y empezó a masajear