—Luciana… Luciana… —repitió él, con un nudo en la garganta, sin encontrar las palabras.
Luciana lo escuchó con dolor contenido:
—Adiós, Fer.
Pasaron un par de segundos de tenso silencio; luego, ella colgó. No dijo nada, su mirada se mantuvo fija en un punto. Martina, a su lado, la observó en silencio. El maquillaje le cubría el rostro, pero las emociones eran evidentes, aunque sin lágrimas. Luciana no lloró.
En ese instante, Martina sintió un leve pinchazo de compasión. No por Luciana, sino por