—¿Sí? —respondió él, esperando que continuara.
—No… nada. Que seas muy feliz. —La voz se le quebró. Se dio la vuelta y se marchó con pasos apresurados. Había preguntas que no se atrevía a formular, por miedo a no tener un nuevo pretexto para volver a verlo.
Alejandro la contempló hasta que desapareció de su vista. Luego regresó al comedor, donde encontró a Luciana devorando una pequeña codorniz asada.
La sola imagen le aclaró el semblante, como si borrara de un plumazo cualquier malestar.
—¿No i