—¿Qué solución? —Luciana frunció el ceño, desconcertada.
—¿Cómo sabré si no lo intento? —respondió Alejandro con una sonrisa desafiante antes de salir.
Ella se quedó pensativa por un momento, pero pronto lo siguió.
Cuando bajó las escaleras, alcanzó a escuchar la conversación de Alejandro con el dueño de casa.
—La tienda está algo lejos. Ir y venir en auto tomará horas, casi hasta el amanecer —comentó el hombre mayor con una mezcla de duda y advertencia.
—Y además está lloviendo a cántaros.
—No