En la entrada, Alejandro apenas puso un pie en el escalón cuando la puerta se abrió.
Sus miradas se encontraron, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo.
El aire de la noche estaba fresco, y entre los arbustos mojados tras la lluvia se oía el canto persistente de insectos desconocidos.
Luciana lo escaneó de arriba abajo y frunció el ceño.
—¿No ibas en auto? ¿Por qué estás mojado?
Se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Alejandro, cargando una gran bolsa entre los brazos y con el cabello todaví