—De acuerdo, haremos como dices.
—Enfermera, por favor, proceda con la infusión. —Alejandro se apartó para dejar espacio y salió de la sala, marcando el número de Fernando.
Esperó. Una vez. Dos veces.
Cuatro intentos y ninguna respuesta.
Frustrado, dejó el teléfono a un lado y regresó a la sala de infusiones. Para entonces, la enfermera ya había terminado de colocar la vía intravenosa, y Luciana yacía tranquila en el sillón, su respiración apaciguada pero su expresión todavía cansada.
Cuando lo