—Está bien, ya entendí.
Alejandro colgó. Se plantó frente a su esposa; tenía los ojos ligeramente enrojecidos y la voz salió baja, pareja.
—Se fue.
Ella cerró los ojos y no dijo nada. Solo lo abrazó.
Sintió el temblor mínimo en el cuerpo de Alejandro. En ese instante, debía dolerle mucho. Al final, los imperdonables eran Daniel y Marisela Jiménez; la vida de Domingo había sido una cadena de infortunios. Terminar así era como si hubiera pasado por este mundo en vano.
—Hay que hacerle un buen fune