Domingo habló despacio, con los ojos fijos en el techo.
—Soy de vida corta… pero, la verdad, ya viví suficiente.
—Para mí, desde que me fui de Ciudad Muonio, desde que me separé de ti, de mamá y del abuelo, cada día fue peor que la muerte…
La habitación quedó en silencio.
Luciana apretó la mano de Alejandro.
Se decía que, cuando uno estaba por morir, sus palabras se volvían sinceras. Si Domingo lo hubiera dicho antes, quizá habría sonado a pose. Pero viéndolo así, ¿qué sentido tendría fingir? Es