Alba miró a su mamá y luego a su papá. En dos segundos, apoyó los bracitos en el piso y se puso de pie. Se lanzó a los brazos de Luciana.
—¡Mamá!
—Eso, mi amor —Luciana la abrazó y le besó la mejilla.
Alejandro se acercó, alzó a Alba y tomó a Luciana de la mano. Los tres, juntos, parecían una estampa.
Martina los observó con una mezcla de envidia y ternura.
—Señorita Hernández —su instructor llegó—. ¿Podemos empezar?
Martina sonrió y asintió.
—Claro.
—¿Ha montado antes?
—No.
—Entonces le enseño