Martina mantuvo los ojos cerrados. A su alrededor solo corría el viento.
De a poco, el viento cedió. Entonces escuchó “tum, tum, tum”: el latido de Salvador, y el leve temblor de su pecho contra ella.
Él bajó la mirada y habló en voz baja:
—Marti, ya pasó.
Martina no supo si contestar; seguía con la cara escondida en su abrazo.
Salvador sonrió apenas, sin apuro, y la fue calmando:
—Abre los ojos. Mira: ya nos detuvimos.
Ella apretó la tela de su camisa y abrió los párpados muy despacio. Al princ