—Martina.
Salvador se inclinó de golpe y le murmuró al oído, muy bajo:
—Escúchame bien: vas a hacerle caso al médico y vas a salir bien. Si no… no pienso quedarme solo el resto de mi vida. Me voy a entregar a otra persona. A ver si te da lo mismo.
Las lágrimas le brotaron como si alguien hubiera abierto una llave.
—¡No te lo permito! —sollozó—. Voy a salir bien, ¿me oíste? Olvídate de andar con nadie. ¡Eres mío!
—Qué segura te oyes. Te voy a esperar… —respondió él, con una sonrisa que le tembló.