No era difícil entenderlo.
Martina pareció captar el sentido y, aun así, lo miró sin parpadear.
—¿Tú… qué te vas a cortar?
—Tontita —Salvador le acarició la mejilla—. Te voy a acompañar. Me voy a rapar contigo.
Esta vez sí lo comprendió. Apenas desvió el rostro, bajó los párpados… y las lágrimas se le resbalaron de golpe, sin aviso, sin colchón.
Lo miró otra vez, con los ojos anegados.
—¿Para qué te rapas tú? Con lo guapo que eres…
Negó, entre sollozos.
—No hace falta. No tienes que hacerlo por