—Mmm… —Martina rezongó, sin entender el fondo de sus palabras—. Qué falso eres. ¿Qué tiene de malo admitirlo?
Salvador soltó una risa seca y no dijo nada. Esas frases suyas eran cuchillos que le daban directo en el corazón.
El viento del mar le pegó en la cara; entrecerró los ojos como si la arena se le hubiera metido y, de golpe, se le humedecieron. Parpadeó con fuerza y pensó: “Si pudiera cambiar años de mi vida por los tuyos, qué no daría”. Él, que se creía el malo, estaba intacto. Y, sin emb