—De acuerdo —Salvador sonrió—. Tranquila, no vamos a llegar tarde.
Al atardecer, poco después de las seis, comieron algo ligero para aguantar y salieron tomados del brazo. Montaron los dos en una bicicleta tándem y se fueron hacia la playa.
El sol quedaba colgado a ras del horizonte. Cuando terminó de caer la noche, encendieron fogatas sobre la arena y, con las farolas de la costanera, todo se veía como una hilera de estrellas. La gente del lugar se reunió alrededor de las llamas, cantó y bailó