Asustada, Martina se acurrucó en el pecho de Salvador. Con su voz baja y paciente, él la fue calmando hasta que se aquietó. Ya pasada la medianoche, por fin se quedó dormida. Por el susto, incluso dormida, no soltó la mano de Salvador ni un segundo.
Él sonrió con impotencia y, por dentro, se le ablandó el corazón. Le dio un beso en la frente.
—¿Ya ves? Estoy aquí.
Después de tanto trajín, también estaba rendido. La abrazó, cerró los ojos y durmió tranquilo.
A diferencia de Martina, Salvador tení