Se detuvo un instante, la miró con seriedad y dijo:
—A quien amo es a Martina.
Ante la mirada atónita e incrédula de Estella, se apartó de su abrazo.
—Cuídate, Estella. Y por favor… no me busques más.
Dicho esto, se volvió y salió sin vacilar.
—No… no… —Estella siguió su espalda con la vista, primero en un murmullo y luego a gritos, hasta romper en llanto—. ¡No es así! Lo siento, me equivoqué, Salva… perdóname…
Salvador ya no la escuchó. Para entonces había dejado la boutique, tomado el elevador