—Mira nada más esos ojitos, niña —Laura le apartó la mano con una palmadita—. Aún no las lavo. ¿Qué prisa? Están sucias. Mamá las enjuaga y ya comes.
—Ajá —Martina asintió, obediente.
Laura tomó un plato para lavar un puñado primero.
—No te voy a mentir: estas cerezas se ven espectaculares. He comprado muchas veces en el mercado y estas son las mejores.
Se detuvo de golpe.
—Pero… ¿no que el señor del puesto dijo que hasta mañana le llegaba el producto?
Además, quien tocó el timbre había sido un