La tienda de Estella abrió sus puertas en fin de semana, justo para asegurar la presencia de Salvador. Llegó mucha gente, casi toda por el peso del apellido Morán.
Salvador se pasó la tarde saludando, brindando y atendiendo compromisos. Al final, la cabeza le zumbaba y los pasos le pesaban.
—Salva. —Estella lo sostuvo del brazo y lo acomodó en el sofá del cuartito de descanso—. ¿Cómo te sientes?
—Nada grave… —apoyó la nuca y movió la mano—. Un poco mareado. Se me pasa si me quedo aquí.
—Te traig