Al abrir, encontró a Estella Moretti sonriendo en el marco de la puerta.
—Salva.
—Estella, eras tú.
Salvador dio media vuelta y fue directo a la cocina a servirse un vaso de agua. Con la resaca de la noche anterior, la sed le raspaba la garganta.
—¿Quieres agua?
—No, gracias.
Estella echó un vistazo a la sala: la chaqueta de él tirada en el sofá; botellas vacías desparramadas sobre la mesa y la alfombra. Sin decir nada, dejó el bolso, se remangó y empezó a recoger.
—Estella… —Salvador bebió, se