Llegaron diez minutos antes de la hora prevista; aun así, Salvador ya estaba ahí. ¿Qué tanta prisa traía?
Martina pensó que, por más que se hubiera negado a soltarla hasta el último segundo, cuando él decidió ser tajante, no le tembló la mano. Mejor así: un corte limpio y definitivo.
El abogado se puso de pie y las saludó con una sonrisa.
—Señora Morán, señorita Herrera, tomen asiento.
—Ya no soy la señora Morán —lo corrigió Martina.
—Eh… hasta que no terminemos el trámite, legalmente aún lo es.