—No hay prisa —Luciana dio dos pasitos y la tomó del brazo—. No tenemos nada más.
Las dos, del brazo, salieron del Registro Civil.
En la puerta, Vicente Mayo les hacía señas con los brazos.
—¡Marti, Luci, acá!
—¡Ya vamos!
Vicente no estaba con las manos vacías: en una llevaba una nube de algodón de azúcar; en la otra, una manzana acaramelada.
—¡Guau! —Martina dio un saltito, sonriendo—. ¿Dónde conseguiste eso?
—Ahí —Vicente señaló el callejón junto al Registro—. Me quedé sentado en el auto y pen