El hornillo de barro crepitaba, lanzando chispitas menudas.
—Por cierto —Luciana dejó la taza de té, alargó el brazo y le retiró a Fernando el saquito de sal gruesa que tenía sobre la rodilla—. ¿Ya se enfrió? Lo meto otro ratito al microondas.
—Bueno —sonrió Fernando, dejándola hacer.
Aquel accidente no solo lo dejó en coma tres años; también le dañó la rodilla. Por fuera parecía estar bien, pero en días de viento helado y temporal el dolor volvía. El médico había sido claro: era una secuela; no