Salvador inclinó el rostro y, con la yema de los dedos, le secó las lágrimas.
—Estar embarazada pega fuerte, ¿verdad? —la voz le salió suave—. Entonces aquella vez que vomitaste en el hospital… eran náuseas del embarazo, ¿no?
No esperó respuesta: ya lo daba por hecho. Frunció el ceño, entre impotente y culpa.
—Fue mi error. Llevaba tiempo queriendo que te embarazaras y ni en eso reparé.
Martina lo miró, atónita.
—Es culpa mía —siguió, sin darse cuenta del golpe que estaba dando—. No tengo experi