—Sí, sí, tienes razón. Todo lo que dices —Salvador se quedó un segundo cortado por la réplica de Martina, pero lejos de molestarse, se rió aún más.
La apretaba tanto que a ella le faltó el aire; lo empujó con fuerza.
—Suéltame.
—Marti —pareció no oírla—. Estoy feliz. Muy feliz.
—¡Salvador! —ella explotó—. Tengo frío.
¿Frío? A Salvador se le encendieron las alarmas. Despertó al instante; sin soltarla, la cargó hacia adentro.
—¡Oye!
—Las cosas… ¡no hemos levantado las cosas!
—Déjalas.
No estaba pa