Martina se quedó rígida, con los dientes golpeándose apenas.
—Tú… hoy, ¿a qué viniste?
¿Se iba a echar para atrás?
—Ja… —Salvador vaciló un segundo y sonrió—. A estas alturas lo digo sin rodeos: nunca pensé en divorciarme de ti.
Hasta hoy no había encontrado cómo quitarle a Martina esa idea de la cabeza. Venía, la miraba, estiraba el asunto… y así iba tirando.
Ahora, el problema estaba resuelto.
Martina lo miró con rabia; no halló palabras. Con él nada de lo que decía cuajaba: no aceptaba y tení