Sin darse cuenta, Alejandro también empezó a disfrutar de la comida. Para cuando terminó de comer las costillas de cordero, notó que Luciana seguía mirando el hueso con ganas.
Conteniendo una sonrisa, llamó al camarero.
—Otra porción de costillas de cordero, por favor.
—Enseguida, señor Guzmán.
Luciana sonrió, agradecida.
—Gracias.
—No hay de qué...
De repente, el teléfono de Alejandro sonó. Lo miró y deslizó para contestar.
—Nathan, dime.
Se levantó para atender la llamada cerca de la ventana,