—Ajá, está bien.
—Así mañana, cuando vayas al aeropuerto, te la pones de una vez.
—De acuerdo. La llevaré puesta.
Luciana inclinó la cabeza y, con paciencia, remató la bufanda.
—Listo. —Se la volvió a anudar a Alejandro—. Quedó como quedó, pero esta es. Y no se vale criticarla.
—Ni pensarlo. —¿Cómo podría?
—Está nevando durísimo. Me pregunto si en Ciudad Muonio también.
—Sí. Y bastante.
—¿Sí? Entonces Alba ha de estar feliz. No sé si alguien estará armando muñecos con ella.
—Cuando llegue, yo se