De vuelta al cuerpo principal de la mansión.
—Señor Anderson.
—Ajá —Enzo parpadeó un segundo, asintió y señaló el sofá—. Siéntate.
Juan ayudó a Alejandro a acomodarse.
—No hace falta tanta formalidad ni rigidez —dijo Enzo—. Llámame Enzo… y relájate. Tú eres el… —vaciló, sin decidir cómo nombrar el vínculo entre él y Luciana—. Eres amigo de Luci. Si ella cruzó medio mundo desde Ciudad Muonio para ayudarte, no tengo motivo para negarme.
—Gracias.
Ni Enzo ni Alejandro se sentían del todo cómodos. H