Eso lo había dicho Luciana.
Cuando recién se mudó a la villa Trébol, cada vez que comían no podía evitar soltar la broma: “comida gringa sin chiste”. Y él, claro, se lo guardó bien.
Se levantó.
—A ver qué hay por acá.
Fue a la cocina. En el barrio vivían muchos latinos, pero la despensa de ese depa estaba bien a la gringa: un trozo de res y, de verduras, solo papas, jitomate, cebolla, chile serrano y huevos.
—Pongo arroz rojo; hago papas a la mexicana —con cebolla y serrano—, huevos entomatados