Sergio, Juan y Simón intercambiaron miradas y, sin pensarlo, corrieron a detenerlo.
—¡Alex! ¡Lo vas a matar!
El hombre, siempre elegante y reservado, ahora estaba cubierto de sangre, irradiando una energía tan oscura que resultaba aterradora. No era el Alejandro que conocían.
—¡No vale la pena! —gritó Juan—. ¡No por alguien como él!
A pesar de las palabras, el rostro de Alejandro seguía siendo una máscara fría, vacía. Su mirada fija en Arturo no mostraba ni un atisbo de compasión.
Simón, pensand