Mientras hablaba, acercó su rostro al cuello de Luciana y aspiró profundamente, como si disfrutara de cada segundo.
—Mm, qué delicioso aroma…
Sus ojos se llenaron de codicia, brillando como si hubiera encontrado un tesoro exótico. No tenía prisa, disfrutaba del momento, saboreando cada segundo. Con la punta de sus dedos, recorrió lentamente la mejilla de Luciana, disfrutando de su miedo.
—Tenemos todo el tiempo del mundo, preciosa —murmuró, su voz impregnada de una falsa dulzura—. Te haré disfru