La caja guardaba un juego completo de rubíes.
El rubí era la piedra de la suerte de Martina, y su favorita. El peso de aquel conjunto —y de su precio— se le sentó en el pecho.
Además, había una nota.
La tomó. Antes de abrirla, ya presentía de quién era.
Acertó: letra de Vicente Mayo.
“Marti, abres una etapa nueva. Lamento no estar ahí.
Que encuentres a la persona justa, la que te construya una ciudad de alegría.
Marti, que seas feliz.”
No era larga, pero le humedeció los ojos. Más allá del desen