Una mesa de piedra, dos banquitos.
—Siéntate —dijo Luciana, y ya iba a hacerlo cuando—
—¡Espera! —Lucy la sujetó—. La piedra está fría, no te sientes directo.
Sacó de su bolso un cojín plegable y lo acomodó en el banquito de Luciana.
—Ahora sí.
¿Eso? Luciana alzó una ceja; no esperaba tanta previsión.
—Gracias.
Si lo rechazaba, Lucy insistiría. Mejor agradecer y ya. Se sentó.
—No tienes por qué —sonrió Lucy—. En casa está el pequeño Kevin; los niños siempre se ensucian, así que cargo estas cosas