—Ja, ja.
Martina sonrió.
Verlo enojado le trajo una pizca de alivio. Tal vez por estar dolida, no soportaba verlo tan campante. Las personas tienen sus zonas oscuras.
—Fue el momento —dijo—. Me buscaste sin parar, fuiste bueno conmigo… y con la operación de mi mamá me ayudaste muchísimo. Me dejé llevar. Un impulso.
—¿Un impulso?
Salvador le sujetó la mandíbula, le apretó la cintura con la otra mano y la hundió contra el asiento.
—¿Conmigo solo hay gratitud y un arrebato?
—Ajá.
Martina, temeraria