Al mediodía, Martina citó a Luciana para almorzar.
—Tienes mala cara —la midió—. ¿Dormiste mal anoche?
—Para ser exacta… casi no dormí —Martina no sabía si reír o llorar.
Luciana la miró en silencio un segundo. No necesitaba traducción: ya es mamá; entendía perfecto lo que eso implicaba.
—Mi Martina se nos hizo grande, ¿eh?
A ella le dio pena.
—¿Y qué con eso? Para esas cosas no siempre hace falta amor.
—Tranquila —Luciana le sonrió—. No pasa nada. Estoy de tu lado.
Martina no quería seguir por