—¿De verdad? —Salvador se cubrió la boca y se echó el aliento.
—No huele tanto; tomé poquito. Si no te gusta, me baño y vuelvo limpio.
Dicho eso, le rozó los labios con la yema de los dedos.
—A servir a la doctora Hernández.
Martina le lanzó una mirada en blanco. Él ya reía mientras se levantaba rumbo al baño.
***
De madrugada.
Salvador despertó porque ella se movía sin parar en sus brazos.
—¿Martina?
Se retorcía y gemía bajito. Tanteó el teléfono, encendió la luz grande y la vio hecha ovillo, l