—Sin prisa —Salvador se volvió aún más suave, ligero—. Lo bueno no se apura. Esperemos tantito. ¿Crees que voy a salir corriendo? Al final soy tuyo.
“Ajá”, pensó Martina con una risa por dentro. “Suena precioso… si no supiera la verdad, hasta caería.”
—No le des vueltas —él siguió con el tono manso—. Primero te pones bien, si no, ¿cómo voy a ir a tu casa a pedirle a tus papás que me confíen a su hija?
Se acordó de algo y preguntó:
—Por cierto, ¿por qué te dolía así el estómago?
Siempre hay una c