Luciana fue a Residencial Jacarandá después del tratamiento.
—Llegaste —dijo Martina desde la sala; no estaba arriba.
—¿Cómo bajaste? Pensé que la pierna no te dejaba.
—No es para tanto; no está rota —torció los labios—. Si me quedo ahí encerrada me salen hongos. Bajé a recibirte y de paso me muevo tantito.
La tomó de la mano.
—Vamos, arriba hablamos.
Y, sin olvidar a quienes las seguían:
—No hace falta que suban —le dijo a la cuidadora—. Mi amiga es médica; ella me cuida.
—Claro, señorita Herná