Miguel asintió, satisfecho.
—Te crié yo. ¿Cómo no voy a saber de qué eres capaz?
Alejandro no tenía hermanos de sangre, pero con Salvador Morán y los demás eran hermanos de vida.
También eso —su red— era parte de su fortaleza.
—Solo quiero acompañarte un tramo más —dijo Miguel.
Desde que Alejandro tomó las riendas de la familia, todo había marchado sin grandes oleajes: tropiezos menores, sí; tormentas de verdad, no.
El viejo lo presentía: esta podía ser la prueba. Quería estar ahí, mirar con sus