Estella la observó sin dejar rastro; pero esa mirada, sin querer, fue atrapada por Martina. Sonrió para disimular.
—Salva, tienes buen ojo. A ver… ¿cómo decirlo? Su vibra es muy especial.
¿Especial?
Martina pensó: seguro es porque se parece a ella.
—Claro. —Salvador, como si no hubiera oído la indirecta, miró a Martina con un punto de orgullo—. Mi Marti es doctora en medicina; inteligentísima.
—¿De veras? —Estella no pudo evitar admirarse—. Con razón… —Le lanzó a Salvador una mirada juguetona—. Te sacaste la lotería.
—El que sale ganando soy yo.
Escuchando esas cortesías, Martina ni siquiera tuvo ganas de fingir modestia; se quedó en silencio.
—Salva.
Estella fue la primera en notarlo y, con los ojos, le hizo una seña a Salvador.
Salvador bajó la cabeza y le susurró:
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
—No. —Martina forzó una sonrisa y negó.
—Ah, ya entendí. —Salvador le apretó la mano—. ¿Con hambre, no?
Luego miró a Estella con disculpa.
—Marti tiene un poco de hambre; la llevo a comer algo.