De pronto se puso tajante y soltó: —Tus asuntos, arréglatelos tú.
Luego, tomó a Jael del brazo y se lo llevó.
Martina intuyó algo raro; se prendió del brazo de Salvador.
—¿Qué pasa? ¿Qué te dijo? ¿Por qué esa cara?
—No es nada. —Salvador cambió de expresión al instante—. Siempre habla de más; no le hagas caso. ¿Tienes hambre? Comemos algo, nos sentamos un rato y nos vamos.
—Sí, tengo hambre.
Martina asintió.
Se había ido directo del trabajo al aeropuerto; seguía con el estómago vacío.
—Espérame, te traigo algo de comer.
—Bien.
Martina lo vio alejarse; tomó su bolso y fue al baño. Al salir, se lavó las manos en el lavamanos.
—Hola, Estella.
Sintió una palmada ligera en el hombro.
—¿Eh?
Martina se quedó un segundo pasmada y giró la cabeza.
—¿Por qué me miras así? Vámonos…
No alcanzó a terminar. Notó algo extraño, la miró de arriba abajo y se quedó observándola un buen rato. —¡Uy! Perdón… te pareces muchísimo a… a mi amiga.
Al oírlo, Martina frunció el ceño.
En cuestión de días, era la se