De pronto se puso tajante y soltó: —Tus asuntos, arréglatelos tú.
Luego, tomó a Jael del brazo y se lo llevó.
Martina intuyó algo raro; se prendió del brazo de Salvador.
—¿Qué pasa? ¿Qué te dijo? ¿Por qué esa cara?
—No es nada. —Salvador cambió de expresión al instante—. Siempre habla de más; no le hagas caso. ¿Tienes hambre? Comemos algo, nos sentamos un rato y nos vamos.
—Sí, tengo hambre.
Martina asintió.
Se había ido directo del trabajo al aeropuerto; seguía con el estómago vacío.
—Espérame,